jueves, 19 de febrero de 2009

El lindo

Una pareja de enamorados
me pide que les haga una foto. Los odio.
Frédéric Beigbeder, Windows on the World

Seguramente el mundo te parece un sostén enorme
que espera ser desabrochado.

Frase del personaje Don Draper en la serie Mad Men

Desperté con resaca por las cervezas que bebí la noche anterior. Era sábado y, al escuchar el despertador, decidí que por ningún motivo iría a correr.
Pero la voz taladrante de mi prima Lourdes me hizo cambiar de parecer.
—Ya, cabrón, levántate —me dijo desde la puerta de mi habitación, a las siete de la mañana.
—Me siento muy cansado, voy a correr pero más tarde.
—No, ni madres. Vas ahorita y corres a la misma hora como todos los del equipo, ¿de qué sirve estar pagando si vas a entrenar por tu cuenta?
—Me siento muy cansado, Lourdes. No puedo.
—¿Cansado? Tú no estás cansado, estás crudo. Ya despiértate, respeta los compromisos que haces contigo mismo. Levántate —me dijo enérgicamente, tiró de las colchas y abrió la ventana⎯. Caray, cómo huele a borracho este cuarto.
—Ok, sí voy, pero ya cállate —supliqué.
En muchos sentidos de su vida, Lourdes era bastante fascista, pero en el aspecto deportivo era Musolini en persona.
Al empezar a trotar me deprimió saber que me tocaban correr dieciséis kilómetros. Todos los hombres y mujeres del equipo se veían felices y bromeaban unos con otros. Yo estaba demasiado ocupado, pues luchaba por no vomitar.
Uno de los corredores pasó a mi lado y bromeó.
—Órale, Totto, ¿qué loción traes hoy?
—Se llama Carolus, es de Bélgica y tiene un fijador de 8.5 grados de alcohol —bromeé.
—Con razón —dijo entre risas y aceleró el paso.
Mientras corría, pensaba en por qué me gustaba esta disciplina que a tantos les parece aburrida. Empecé a regular mi paso y a internarme en mis reflexiones y sólo así me olvidé de las ganas de vomitar que sentía dos o tres kilómetros atrás.
Me sumergí en dilemas dualistas sobre la metáfora que representa correr. ¿Corría para alcanzar algún objetivo o lo hacía como si huyera de algo? De pronto tuve un flashback a la maratón de Nueva York, en el 2004. Recordé un letrero que decía: “A los 32 km. te preguntas por qué demonios estás haciendo esto. Cuando cruzas la meta todo está claro”.
En ese sentido, la vida era muy parecida al maratón, pues la mayoría de las experiencias cobraban significado —o eran asimiladas— mucho tiempo después de vivirlas. Era algo más o menos parecido a lo que explicó Steve Jacobs, el fundador de Apple, en su discurso de Stanford en el 2005.
Él dijo que una de las cosas que aprendió es a “conectar los puntos”. A los veintitantos años decidió dejar su carrera; sin embargo, estuvo otros dieciocho meses más como oyente, tomando las clases que en realidad le interesaban. Fue así como llegó a un curso de caligrafía, materia que aunque le fascinaba no podía atribuirle un beneficio tangible en ese momento.
No obstante, muchos años después, cuando diseñó la primera computadora Macintosh, Jacobs empleó distintas tipografía que aprendió en ese curso y éste fue el primer ordenador en contar con variadas tipografías que le dieron un toque de elegancia y belleza a esa sistema operativo. Pero la utilidad de esas clases y conocimientos que adquirió años atrás —cuando no tenía claro por qué lo hacía— cobraron significados, ya que los puntos sólo se pueden conectar hacia atrás, jamás hacia delante.
Estaba recordando ese gran discurso de Jacobs por el kilómetro diez cuando empecé a sentirme como un volcán humano. El vómito me subió por el esófago como lava caliente y ácida. Me salí de la pista y me alejé lo más que pude del grupo de corredores y empecé a imitar a Linda Blair en El Exorcista.
Mientras sentía que expulsaba mi alma por la boca, escuché las risas de otros corredores y uno incluso me preguntó si había estado buena la fiesta. La entrenadora se paró para ver si estaba bien. Le dije que sí, me enjuagué un poco la boca y seguí corriendo hasta que cumplí con los dieciséis kilómetros que marcaba mi entrenamiento.
En cuanto terminé, corrí al coche, regresé a la casa, me metí a la cama sin bañarme y me quedé dormido hasta que el hambre y la sed me despertaron junto a la oportuna llamada de mi amiga Teresa para avisarme que todos nos reuniríamos en El Hijo del Cuervo a las seis de la tarde para festejar San Valentín.
Después de bañarme me sentí con ánimo renovado y listo para beber unas cervezas más, pero ahora con la tranquilidad de saber que el domingo no tenía que mover ni un dedo.
Al dirigirme al bar, recordé que por la noche sería la despedida de Omar, mi amigo fotógrafo que tuvo un idilio con Jenn. Él se iría a Barcelona a seguir a su novia, una psicóloga que había obtenido una beca para hacer su maestría.
Fui el primero en llegar al Hijo del Cuervo y descubrí que lo malo de ser puntual a una cita en un bar es que tienes que sentarte solo por media hora y correr el riesgo de dar la impresión de que alguna chica te va a dejar plantado o que eres un alcohólico con el corazón roto que pretende ahogar las penas en el fondo del tarro de cerveza.
Como sea, éstas son dos posibilidades que no quieres aparentar en San Valentín.
Por la ventana del bar vi pasar a un sujeto que vendía globos de helio con frases cursis de amor. Varios parejas se acercaban a comprar sin pudor alguno. El hombre abrió la billetera y le entregó un globo que decía “te amo para siempre” y tenía dibujado a Cupido apuntando con el arco.
Me empecé a preguntar si nunca nadie se había puesto a pensar que Cupido es uno de los personajes más escalofriantes de la historia. Su flecha hiere, pensaba, y su manera de transmitir el amor es mediante un arco (es decir, con un arma).
¿Es que nadie se da cuenta que la imagen mundial del amor está simbolizada por un sujeto con alas que carga con un instrumento de guerra?
Anoté estas reflexiones en mi Moleskine. La gente de las mesas de alrededor me vieron algo raro y me empecé a preguntar si me percibían como un suicida que escribe su carta final.
Escribir en público es vergonzoso. Me apena suponer que puedo dar la impresión de ser uno de esos sujetos demasiado lúcidos que tiene que anotar sus ideas porque son de gran valor.
De pronto sonó el teléfono y agradecí que existiera la tecnología y que en ese momento me salvara de mi soledad (aunque sólo me proporcionara una compañía virtual).
Era mi madre.
—Hola, hijito, ¿cómo estás?
—Bien, esperando a unos amigos en un bar.
—No vayas a tomar mucho, por favor.
—No, mamá, ¿cómo crees? —mentí.
—Bueno —respondió, aliviada.
—¿Qué pasó, mamá?
—Pues te llamo para desearte feliz día del amor y la amistad…, después de todo también soy tu amiga, ¿o no?
—Sí, claro que sí —respondí, risueño—. También te deseo lo mismo.
—¿Qué crees? —dijo súbitamente, como preparando el terreno para soltar una bomba.
—¿Está bien mi abuelita?
—Sí, dentro de lo que cabe.
—Ah, pensé que me ibas a decir que ahora estaba hablando con el fantasma de Hitler —bromeé.
—Tú no perdonas a nadie… No, te quería decir que me llamó Paloma —sentí un vértigo tremendo y como si alguien me apretara el corazón desde adentro—. Me habló ayer para felicitarme por mi cumpleaños. Qué linda, se acordó.
—Sí, qué detalle —respondí a secas y pensé que mientras menos supiera de ella sería mejor. No quería alterar mi volátil paz interior.
—Paloma está bien —dijo mi madre sin necesidad de que yo le preguntara—, me platicó que sigue con el plan de irse en unos meses a París, de intercambio escolar.
—Ah, qué bien. Mamá, me está entrando una llamada —volví a mentir—, te marco mañana, ¿ok?
—Bueno, hijito. Y, por favor, no tomes mucho.
—Sí, no te preocupes.
Pinocho y yo nos entendíamos.
Finalmente, mis amigos y amigas empezaron a aparecer gradualmente, la mayoría de ellos acompañados por sus parejas que sólo me hicieron acentuar mi soltería.
Como a las siete de la noche empecé a acordarme de Jenn y le marqué para decirle que la tenía en la cabeza y para hacerle saber que había tenido el detalle de hablarle en San Valentín a pesar de que yo odiaba esa fecha.
Porque después de todo, qué es el amor sino el sacrificio y la disponibilidad a cambiar las reglas y los cánones propios con el fin de alegrarle al vida a esa persona especial y tener la esperanza de recibir lo mismo de su parte.
La llamé a su celular y tardó un poco en responder porque me dijo que se estaba bañando.
—¿Vas a salir?
—Sí.
—¿Con tus amigos?
—No, con mi novio.
—Ah, ¿volvieron? —pregunté estúpidamente.
—…, sí.
—Bueno, que te la pases bien.
Colgué.
Me sentí ridículo ante tal ataque de celos. ¿Quien era yo para privar a Jenn de la posibilidad de ser feliz junto a ese tipo que la quería bien?
Me quedé un poco triste y con sed.
Después de varias jarras de cerveza, risas, anécdotas y una cuenta de dos mil pesos, nos movimos a la fiesta de despedida de Omar. Al llegar lo encontré bastante sobrio. Me dijo que no quería beber tanto porque tenía muchas cosas que arreglar antes de tomar el avión el lunes por la mañana. Empezamos a platicar y pronto se acercó su amigo y maestro de fotografía, Ismael, un sujeto inteligente y talentoso, pero sin pretensiones, con el que se puede platicar sobre arte sin parecer snobs.
Los tres charlamos sobre la obsesión de los artistas americanos por Europa. Yo confesé que como muchos otros escritores, fotógrafos, pintores y demás fauna bohemia, quería vivir un tiempo en París o Barcelona. Que no sabía exactamente por qué, pero lo cierto era que pensaba que tal vez caminando por las viejas calles de la Ciudad Luz tendría una especia de iluminación artística o mis reflexiones adquirirían mayor grado de lucidez.
Cada quien opinó respecto a este asunto y después les pregunté que si ellos creían que los artistas europeos veían a Nueva York o la Ciudad de México de la misma manera artística en que nosotros percibimos Paris y Barcelona.
Conversamos mucho rato.
A las dos de la mañana, mis amigos y yo decidimos que era hora de partir. Omar y yo nos dimos un abrazo y me dijo que ojalá el próximo estrechón de manos fuera en Europa. Le deseé buena suerte y me quedé un poco triste sabiendo que mi realidad seguiría siendo México por algún tiempo más.
Una vez en la calle, todos nos empezamos a despedir y la amiga de un amigo del periódico me pidió si la podía llevar a su casa, que estaba cerca de la mía. Le dije que con gusto, pues aunque me atraía poco, en algún momento de la tarde, cuando estábamos en el Hijo del Cuervo, ella empezó a hablar de literatura y eso le dio unos puntos a su sex appeal.
Al llegar a su casa, me dio las gracias, besó mi mejilla y se bajó del auto.
No seas cobarde, pensé.
Bajé la ventana y dije su nombre.
—¿Qué pasa, Totto?
—Pues pasa que quiero besarte.
Ella se acercó hasta la venta y me vio con cariño o como con ternura: me sentí un maldito cachorro que acaba de aprender a hacer una gracia como dar la pata.
—Mira, acabo de salir de una relación difícil y no estoy para un free —extendió su mano y tomó la mía—. Pero muchas gracias, me halaga saber que te atraigo. Tal vez en otras circunstancias, eres muy lindo.
—No te preocupes, es sólo que no quería irme sin intentarlo.
Sonreí y nos dijimos adiós.
No sentí pena ni rabia ni descontrol, sólo un cansancio bárbaro, como el down de una droga.
Yo no quería seguir siendo “el especial” o “el lindo”; quería ser el hijo de puta que siempre se sale con las suyas.
Al llegar a casa me quedé pensando en silencio dentro del auto por un largo rato. Todo estaba en silencio y los vecinos seguramente dormían tranquilos, dichosos y abrazados.
Tomé el celular y estuve tentado en llamar a Paloma, pero me di una cachetadas mentales para entrar en razón. Luego pensé que tal vez ella estaba logrando olvidarme de manera exitosa y que no sería justo remover los sedimentos de nuestra historia con una llamada telefónica en la madrugada después de concluido San Valentí por unas escasas horas; no, no sería justo enturbiar su presente sólo porque yo era como un niño solitario en la oscuridad que sentía miedo.
Era momento de pagar las consecuencias, así que con todo el trabajo del mundo, salí del auto para enfrentarme contra la anchura de la cama vacía. Una vez acostado y en la oscuridad, me masturbé pensado en Paloma y al venirme, sentí una tristeza sólo comparable con la intensidad del orgasmo que hizo convulsionar mi cuerpo.
Después de ir al baño y regresar a la cama, empecé a dormirme lentamente, con la esperanza de que en algún momento de mi vida pudiera “conectar los puntos” y encontrarle algún significado de provecho a esta noche que estaba de olvido.

domingo, 8 de febrero de 2009

Amor en Las Rocas (parte 2)


Sábado

Horas más tarde, Jenn me despertó para darme una sorpresa.
—Mi tía se fue a Ensenada. Hazte para allá. Arre, apúrate que hace frío —me dijo Jenn, mientras levantaba la sábana para acostarse a mi lado.
Si eso no era la felicidad absoluta, se le parecía mucho. A su lado, este sentimiento idílico daba la impresión de ser posible.
Me abrazó por la espalda y empezó a besarme la cara. Afuera se escuchaba cómo su hermana preparaba el desayuno. Vi mi reloj y me di cuenta que ya era medio día.
Me di una ducha muy rápida y cuando fue el turno de Jenn, encendí la laptop para escribir frases cursis y sinceras de la que cualquiera se podría burlar y, aún así, no me importaría.
Más tarde, mientras escribía, Jenn se acercó hasta mí y —como si el destino ahora sí fuera el guionista de una película de amor—, se sentó a mi lado, miró un segundo la pantalla y me plantó un beso que germinará toda la vida en mis labios.
Casi me hizo llorar y me sentí como la versión mexicana de Hugh Grant, perfecto para protagonizar una comedia romántica.
Llegamos al resort Las Rocas a las tres de la tarde. Debido a los bajos niveles de turismo (los gringos tenían miedo de venir por las ejecuciones del narcotráfico), nos dieron una junior suite por el precio de una habitación estándar. Ésta era amplia, al igual que la cama (de la que casi no salimos) y la sala (en donde bebimos y comimos como reyes) y la televisión (que no prendimos un segundo durante los dos días) y el baño (en el que desperdiciamos litros de agua en la tina llena de burbujas).
Cuando le di la propina al tipo que nos subió las maletas, miré que Jenn estaba en la cornisa contemplando el paisaje marino. Me acerqué, la abracé por detrás y le dije que lo habíamos logrado.
Ella me pidió que le diera la mano y se subió a la cornisa. Le pregunté que si estaba loca o quería morirse.
—No, no tengo pensamientos suicidas, me gusta mucho la vida —respondió sonriendo—. Pero siempre me ha fascinado esta sensación de estar al filo. Es muy intensa —y cuando terminó de decir esto, soltó mi mano y yo la envidié por no tener las agallas que ella tenía para experimentar la vida de esa manera tan directa y encarnada.
Yo estoy atado a los planes, a lo material (ropa, auto, casa), a lo seguro y común. En resumen, al maldito estereotipo de vida de cualquier occidental que quiere ser exitoso bajo cánones ya establecidos, en vez de crear sus propios.
La contemplé unos segundo caminando por la cornisa del tercer piso de nuestra suite hasta que decidió saltar a mis brazos y después, entre beso y beso, nuestras mentes se fueron olvidando del mundo hasta que volvimos a nosotros mismos, sudados, jadeantes y desnudos sobre la cama.
Me dio una tranquilidad tremenda no sentir esas ganas de vestirme y salir huyendo después de la intimidad. Al contrario, con Jenn sentía una necesidad casi cursi de que ella me abrazara. Así estaba, entre sus brazos, acostado sobre su pecho y escuchando su corazón, cuando se me ocurrió —aunque la hora no me importaba en lo más mínimo— echarle un vistazo a mi reloj. Marcaba las cinco de la tarde.
—Desde ayer estás viendo tu maldito reloj cada que puedes. ¿Tienes un cita o qué?
—No, claro que no —le contesté con una sonrisa a medias y le di un beso—. Es solamente algo que hago automáticamente. Es casi como parpadear.
—Pues dejarás de hacerlo. Ya deja de estar atado al tiempo, yo por eso nunca uso reloj. Cuando quiero saber qué hora es le pregunto a alguien.
Jenn tomó mi muñeca derecha y me quitó el reloj.
Por un momento me dio miedo que lo aventara por la cornisa y éste se hiciera añicos al impactar el suelo (es capaz). Al mismo tiempo tampoco pude evitar acordarme de Paloma por un instante, ya que ese reloj había sido un regalo suyo cuando estaba entrenando para un maratón.
Me pregunté qué sería de su vida y deseé que fuera tan feliz como lo era yo en ese momento.
Pero para mi fortuna, Jenn sólo lo guardó en su bolso de mano. Y me dedicó una mirada típica de la maestra que le acaba de quitar el Gameboy al niño y le advierte que sólo se lo devolverá al final del día. Fue raro ver y sentir mi muñeca sin mi reloj y, a lo largo del fin de semana, tratar de adivinar la hora por la intensidad de la temperatura.
Cuando el sol caía y la línea en la que se mezclan el mar y el cielo era de tonos violetas, azules y naranjas, Jenn y yo salimos a la terraza para tomarnos unas fotos y, aunque tenía pensado darle un pequeño obsequio más tarde, durante la cena, le dije que no podía esperar más.
—Te tengo un pequeño regalo —Sonriente, ella me miró como buscando una excusa (al menos eso pensé) y antes de que dijera algo, bromeé—. No te sientas mal si no trajiste nada para mí, no era necesario.
—No, no me siento mal. Te regalé mi virginidad, ¿qué más querías, Totto? —contestó sonriente y me dio un pequeño codazo en el abdomen.
Los dos reímos y Jenn me fascinó tanto que me sentí una persona ordinaria a su lado.
Cuando le di el obsequio, que era un diario lindísimo que me regaló mi padre muchos años atrás y en el que jamás escribí, ella me agradeció y se soltó a llorar como una niña de cinco años.
—No, no llores, por favor. Quiero que seas feliz.
—No te preocupes. Son lágrimas de felicidad. Me has hecho el día con este detallito.
Jenn se disculpó, tomó su bolso, pero antes de dirigirse al baño me dio las gracias otra vez y también un beso tierno. Supuse que se había ido a secar las lagrimas y a retocarse el delineador. Me quedé en silencio contemplando cómo el sol se ahogaba en el mar y bebí lentamente de mi vaso de vodka con jugo de uva.
Escuché cuando abrió la puerta del baño y la vi fumando un cigarrillo, pero cuando aspiré el humo reconocí el olor a mariguana. Jenn me ofreció y yo fumé gustoso y retuve el humo en mis pulmones por el mayor tiempo posible, esperando con ansias que el THC hiciera un efecto rápido en mí.
Me recosté varios minutos sobre sus piernas mientras los últimos rayos de sol iluminaban nuestros rostros de manera miedosa. Y en un arranque me paré, fui al baño para encender la tina y vertí todo el jabón espumoso. Me quité la ropa y regresé hasta la sala en donde Jenn estalló en carcajadas al verme caminando desnudo en su dirección.
—Si no son tachas lo que te metiste —bromeó.
—Me gusta estar desnudo, sabes. Además, no siento pudor alguno cuando estoy contigo.
Volvimos a fumar y nos quedamos callados por un instante hasta que recordé que la tina se estaba llenando. Entonces, me dio un temor súbito al pensar que el agua podría estar saliéndose de la tina y arruinando la alfombra. Prendí las luces mientras Jenn se reía de mí al ver cómo movía el trasero rápidamente hacia el baño.
Me sentí tranquilo de que el agua no hubiera inundado la habitación, pero noté que estaba fría. Jenn entró al baño y se empezó a quitar la ropa para meterse, pero le dije que el agua estaba helada. Me acerqué para verificar las llaves e hice un berrinche.
—Jenn, ¿por qué no se calienta el agua si abrí la llave que tiene marcada la letra C, de calientita?
—Eres un tonto —gritó y se dobló de la risa.
Entonces miré otra vez las llaves y noté que la otra tenía marcada la letra H y entendí que estaban en inglés. Entonces, me uní a la carcajada de Jenn y pensé que estaba muy pacheco o era un naco de campeonato.
Abrí la llave de agua caliente (hot!), pero de pronto empecé a tener un mal-viaje. Pensaba que alguien podría entrar y tratar de aprovecharse de nosotros, así que salí a cerciorarme de que la puerta tuviera puesto el seguro. Volví con Jenn y minutos más tarde empezó a rondar por mi cabeza la posibilidad de que tal vez había una colilla tirada sobre la alfombra de la sala y que corríamos el riesgo de morir calcinados. Le dije que iba a la sala por más vodka, pero si ella hubiera salido, no se habría topado conmigo sirviéndome desnudo un vaso de alcohol ruso, sino tirado en cuatro patas buscando una colilla encendida sobre la alfombra, como si fuera un perro del departamento de bomberos entrenado para evitar una tragedia.
Patético.
¿Por qué no podía disfrutar de la mariguana como al principio, cuando me hacía reír hasta por el aleteo de una mosca o me ayudaba a diferenciar perfectamente cada uno de los instrumentos de las canciones que escuchaba mientras fumaba? ¿Por qué?
Antes de volver al baño, en donde estaba Jenn, cerré con seguro la puerta de cristal que daba hacia el balcón.
—¿Y el vodka? —me preguntó desde la bañera, donde su cuerpo sólo estaba cubierto por espuma y agua.
—Cambié de parecer. Ya no quiero beber más.
—Pues qué curado, te tomaste mucho tiempo para decidir si ibas a beber o no. ¿No crees?
—Si, supongo que sí.
Gradualmente volví a la calma y empecé a experimentar una etapa distinta de la droga en el que me dio por hablar y hablar y hablar. Jenn me escuchaba muy atenta. Incluso le declamé de memoria unos poemas de Pablo Neruda y Jaime Sabines que hacía mucho no recordaba.
Ella me dijo que nunca nadie le había declamado poesía. Traté de recordar si en el año y medio en que tuvimos una relación a distancia alguna vez le leí algún poema, pero no se me vino una escena como esa a la memoria. Qué poco romántico había sido.
—Pero sí te canté trova y te toqué la guitarra —dije a modo de compensación.
—Sí, lo hiciste —respondió a secas.
—Jenn, ¿te puedo hacer una pregunta?
—Lo que quieras.
—Creo que pude haber sido mucho mejor contigo, estoy arrepentido de la manera tan dolorosa que resultaron las cosas al final, pero en ese entonces yo estaba echo un caos. Tal vez por eso no pudimos tener el idilio más lindo ni tierno posible. Entonces, dime —hice una pausa dramática después de tanto preámbulo. Ella me miró con expectación—, ¿por qué me elegiste a mí para perder tu virginidad, Jenn? Pudiste haber tenido a cualquiera, ¿por qué yo?
—Es que yo no soy ni la más ni la más linda ni la más tierna, Totto.
Años atrás, Jenn jamás habría dicho semejante cosa. La notaba un tanto cínica y tenía miedo de que parte de su actitud actual hubiera sido moldeada por el mal rato que le hice pasar (porque jamás quise que formalizáramos nuestra relación a distancia). Me quedé callado, pero pensé que se equivocaba al decir que no era la más tierna, pues su manera de amar me hacía recordar aquel verso de Rubén Bonifaz Nuño que dice “tu corazón cansado de tanto darse se sigue dando”.
—Nunca quise hacerte daño. Acepto que haberme subido al carro de Tamara y dejarte plantada es algo que aún no me puedo perdonar —Jenn me mira en silencio y me pregunto si toda esta sinceridad brutal que me está dejando desnudo y con frío le importa o tiene algún valor para ella—. Sabes, hace poco leí en una novela de Richard Ford una frase que afirma que “por difícil que parezca reconciliarse con una mujer, es aún más fácil que reconciliarse consigo mismos”. Ahora la entiendo perfectamente. Perdóname, en serio.
—Es ya no importa… Lloré mucho por ti. Te odié y te olvidé. Yo debo decirte que tampoco anduve con tu amigo Omar para vengarme de ti. Fue una coincidencia enorme. Te lo juro. Mi amiga la china me decía desde hace mucho que quería presentarme a su medio hermano que vivía en el Distrito Federal, jamás pensé que en una ciudad de veinte millones de personas, él pudiera ser tu amigo.
—Me dolió saber que estabas con Omar, Jenn. Mucho. Me caló ver las fotos que te tomó y que presumiste en tu perfil de Internet. No cabe duda que el karma es un boomerang.
—Sí, no cabe duda… Sin embargo, ¿te puedo decir algo?
—Lo que quieras.
—Aunque no fue mi intención lastimarte, tampoco me incomodó que te doliera.
Esta ultima frase la sentí como un golpe bajo el cinturón. Ambos nos quedamos callados y mientras el silencio de la habitación vencía por una apabullante diferencia el sonido de las olas del mar, me alegré de ese comentario, tipo estocada-de-matador, ya que tenía camuflado un tono de revancha. En ese momento pensé que ese lugar común que dice que sólo se odia a quien se quiere es una verdad redonda.
Y después de todo, ella y yo estábamos desnudos y abrazados en una suite de Rosarito burlándonos del pasado.
—Hemos cambiado, Totto.
—Sí, creo que sí. Pero también creo que es normal... estamos creciendo.
—¿Por qué nunca me has hablado de tu ex novia? —preguntó de pronto.
—No quiero hablar de Paloma. Estoy cansado, sentimentalmente desgastado de recordar algunas cosas.
—Perdón que sea necia, pero no puedo imaginar qué les pudo haber pasado o que te pudo haber hecho para que no la quieras ni mencionar. Hace tiempo, cuando empezaste con ella parecías feliz.
Mientras ella dijo todo eso, un bombardeo de imágenes junto a Paloma empezaron a explotar en mi cerebro: Paloma y yo tomados de la mano en el cine y viendo infinidad de películas en silencio, su sonrisa plena cuando yo decía alguna ocurrencia, ella abrazándome después de mi examen profesional, nosotros felices mientras sacaba mi primer auto de la agencia, las vacaciones en Chiapas despertando a su lado y viéndola preparar el desayuno junto a mi madre…
—Sabes, Paloma ha sufrido mucho, no tuvo la mejor familia ni la mejor niñez posible —respondí, sabiendo que estaba entrando en un terreno minado del que seguro saldría lacerado y culpable, pues yo mismo me encargué de enterrar la mayoría de las bombas que después pisé—.Yo quería hacerla feliz, en realidad creía que era posible y ése fue mi objetivo por mucho tiempo: su sonrisa. Después de todo lo que había vivido, sentía que ella, más que nadie, merecía ser feliz —Jenn me miró y apretó mi mano para darme apoyo, para decirme en silencio que no estaba solo y que podía contar con ella—. Lo más terrible de todo es que terminé partiéndole el corazón. ¿Cuán canalla fui para lastimar a una mujer que ya estaba herida? Sé que ya no importa, pero te juro que jamás actué con alevosía, mi intención jamás fue partirle el corazón y provocarle tantos malos ratos al final de la relación y, sobre todo, tanto llanto mientras yo no puedo llorar por nada del mundo, carajo.
—Totto, pero aún no entiendo muy bien por qué terminaron? Estás divagando.
—Espera, es una larga historia. Seis meses antes de que yo decidiera terminar la relación por el bien de ambos, Paloma encontró mi diario y leyó con puntos y comas unas páginas en las que narraba cuando me acosté con otras mujeres al principio de nuestra relación. Recuerdo perfectamente que cuando entré a la habitación la vi llorando sobre mi cama y a su costado los diarios abiertos por la mitad. Aunque era claro lo que pasaba, estúpidamente le pregunté que qué tenía. Me vio furiosa y en silencio. Traté de consolarla, pero ella me gritaba que le daba asco, que no la tocara, que me alejara. Encendió un cigarro y, con lágrimas cayendo como cascadas desde sus ojos tristes, me pidió que se lo confesara. Yo no sabía porque quería oírlo cuando ya lo había leído todo. Fue terrible. Le decía que lo sentía demasiado, que estaba arrepentido y ella se enfurecía porque aunque mi cara era de angustia, no soltaba ni una lágrima. ¿Pero tú de qué estás hecho que no lloras?, me gritó.
—Pobrecita ella… y tú qué hijo de puta fuiste.
—Sí, lo sé. Todo esto que te estoy contando me hace sentir feo y asqueroso.
—¿Quieres que siga?
—Pues ya empezaste, ahora termina.
—Ok. Me pidió que la llevara a su casa. Afuera ya había oscurecido. Cinco minutos antes de llegar a su hogar me ordenó que me parara por unos cigarros. Lo hice, pero cuando regresé al auto con los tabacos, ella ya se había ido. La vi caminando por la acera, alejándose en la oscuridad. Corrí hacia ella para suplicarle que se subiera al auto, que me dejara llevarla a su casa, que si así ella lo quería nunca más me volvería a ver. Ella seguía caminando. Vi mi auto con las puertas abiertas y con la llave adentro. No sabía qué hacer para detenerla. Me paré frente a Paloma y la tomé por los hombros y le dije que por favor volviéramos al auto. Ella empezó a gritar que la dejara en paz, que me largara. Unos tipos al otro lado de la acera se detuvieron para ver la escena, como esperando una excusa para partirme la cara. Pero no hizo falta, de pronto todo el dolor y la furia y el llanto y la impotencia y todos los problemas de dos años y medio de noviazgo se concentraron en la palma de la mano derecha de Paloma que golpeó mi cara y me sacó de balance por unos segundos. Sentía mi rostro caliente y no por vergüenza, lo que pensara la gente que nos veía en la calle no me importaba nada. Lo increíble fue que Paloma me dio otra oportunidad unas semanas más tarde. ¿Te das cuenta cuánto me quería, Jenn? —Ella, acostaba a lado mío, asintió con su cabeza y se quedó en silencio para que yo siguiera con mi exorcismo personal—. Lo peor de todo es que yo jamás me perdoné y me di cuenta que Paloma no era para mí, aunque era en muchos sentidos la mujer que siempre había querido: bella, por dentro y por fuera; culta: leía, hablaba francés e inglés; cariñosa y leal, sabía que sería buena mujer y mejor madre; inteligente, podía confiar en ella y sus puntos de vista respecto a mis textos siempre me ayudaban mucho... En fin, todo parecía perfecto y yo me encargué de estropearlo todo. Seis meses después de aquella vez en la que leyó mis diarios, decidí que jamás le iba a poder dar la felicidad que ella merecía y decidí dejarla y desde entonces no hay día en que no piense en ella y me vea tentado a llamarla, pero me resisto y me digo que tengo que ser fuerte para que ella se olvide de mí para siempre. Ya está, lo dije, soy un maldito que se tropieza con su felicidad porque él mismo arrojo piedras en el camino.
—Totto, lo que tienes que hacer por tu bien es aceptar que fuiste un canalla con Paloma y seguir adelante.
—Pero si lo sé, Jenn... sé que fui un canalla.
—Tú lo has dicho, lo sabes, pero es muy distinto que lo aceptes. Sólo así vas a dejar de cargar esa culpa que te está deprimiendo. ¿Es que no te das cuenta de los ojos que tienes? Se te nota a distancia que estás jodido por dentro.
Las palabras de Jenn me estremecieron y me sentí afortunado al saber que dormiría junto a ella, seguro de mí mismo.
Jenn era el ancla a la realidad que tanta falta me hacía.

Amor en Las Rocas (parte 1)


Tú bien sabes que nuestro primer beso fue tan corto que dura todavía.

Edel Juárez, Fíjate dónde caminas.

Viernes por la noche
La vi sonriente junto a su hermana en la sala de espera del aeropuerto.
No sé por qué caminé demasiado serio hacia ella, esforzándome mucho por disimular la alegría que me provocaba verla en vivo después de tres años de estar alejados.
Estúpidamente, tal vez lo que intentaba lograr con ese andar y mirada indiferente era ocultar lo vulnerable que estaba y disimular cuánta falta me hacía que alguien, después de tantos viajes, fuera a esperarme al aeropuerto.
Jenn me abrazó y me dijo que le daba mucho gusto verme. No hacía falta que me lo dijera, se le notaba. Su hermana me saludó y me dijo que aunque me dejó de ver cuando yo tenía como siete años, aún conservaba mis facciones características.
Bueno, su explicación fue más simple:
—Tienes los mismo ojitos nostálgicos que cuando eras niño —dijo Beatriz.
De pronto apareció Carlos y su esposa Sandra, amigos míos del periódico que, coincidentalmente, estaban de visita en Tijuana para realizar la última entrevista de un libro de gastronomía en el que estaban trabajando.
Atrás de ellos venían Armando (fotógrafo) y Teresa (mi mejor amiga del periódico y reportera de la sección de turismo) tomados de la mano. Eso significaba que ya eran novios y me dio un gusto tremendo por los dos.
Se merecían el uno al otro.
Presenté a Jenn y a Beatriz a mis amigos y, como habíamos planeado, treinta minutos más tarde ya estábamos bebiendo en un bar. Jenn bailaba sola y aún no estaba ebria; me impresionaba su seguridad y lo libre que era. Verla así simbolizaba una sobredosis de vida.
Me gustaba.
Me acerqué y le dije que cuando se regresara a vivir a Chiapas con su mamá, en un mes, como me había dicho que tenía planeado, que no dudara en hacer una escala en el Distrito Federal.
—Ok, aquí te va la primera noticia de la noche —me dijo al odio y yo respiré su aroma dulce—. No me voy a ir, me voy a quedar a vivir aquí. Ya no pienso estar errante como lo he hecho toda mi vida. Aunque me gusta siempre ser la nueva, ya tengo que establecerme.
—Suena lógico, pero me hubiera quedado más tranquilo si te hubieras mudado a Chiapas con tu mamá. Tijuana no me gusta para ti.
—Aquí nací, Totto, es mi ciudad y me gusta. Acéptalo —Jenn hizo una pausa, me miró y después besó mi mejilla derecha—. La otra noticia te la digo más tarde.
Le dije que sí tratando de parecer paciente, pero mi mente, como si fuera una locomotora, empezó a mover todos sus engranajes.
La duda ya estaba sembrada en mí y crecía lenta, paciente, como coral.
—Sabes, cuando salí del avión vi en el aeropuerto a un labrador como Draco, ¿te acuerdas de él?
—Sí, cómo no, tan chulo que era, pero cállate, no me hables más de perros porque en el aeropuerto estaba cagada de miedo porque pasaban cerca de mí y traigo un churro en mi bolsa.
Me eché a reír como un niño.
Después, aproveché que Jenn empezó a hablar con Teresa y fui al baño. Era viernes por la noche y el bar no estaba tan abarrotado como pensé que estaría. Los efectos colaterales de la violencia y la crisis se notaban en ese lugar.
Al abrir la puerta del baño, un sujeto alto y gordo me gritó en la cara.
—Qué pedo, vato, ¿quieres perico?
—No, gracias.
—Pues a la chingada, pendejo —me dijo con acento norteño.
Ok, ahora ya me siento en Tijuana, pensé. La diferencia entre el sistema de distribución de droga entre el DF y este lugar es que allá los clientes buscan su “soma” tratando de pasar inadvertidos; en cambio aquí, ésta es ofrecida a cualquiera sin pudor social alguno.
Es tan simple como vender cigarrillos en la calle.
Una hora más tarde estábamos en otro bar en donde sonaba salsa, cumbia y música norteña. La botella de ron ya estaba a la mitad y todos bailábamos y reíamos como si de ese momento dependiera el curso de nuestras vidas.
Intentábamos olvidarnos de todo y ser felices.
Pero, como afirmó Cortázar, el destino siempre tiene una manera de romper los planes a la mitad y, de súbito, Jenn se acercó para confesarme que tenía novio. Y yo, en medio del estruendo de la música y el bullicio de todas las personas presentes, sufrí en silencio tratando de aparentar indiferencia ante la mirada sincera de Jenn.
Ella, quieta, analizó mi reacción. Y en ese momento pensé que hubiera preferido no saberlo ⎯al menos eso hubiera hecho yo en su lugar, omitir la realidad (que es un buen símil de la mentira)⎯, pero ella sí tuvo el valor necesario y la dosis suficiente de romanticismo como para soltarme la verdad a manera de bofetada.
Le dije que no importaba, pero mientras miraba sus ojos grandes de caricatura japonesa, pensaba en todos los puntos negativos que sumaría a mi karma a lo largo del fin de semana. Parecía como si la constante de mi vida tuviera que ser representar esa esquina incómoda de un triángulo amoroso, el amante.
Maldije mi suerte y seguí bebiendo. Tenía que ser fuerte, cínico, si quería ser feliz.
Ella intentó hablarme de su novio. Me dijo que lo quería mucho y yo le creía porque sé que la fidelidad es una regla social y no una verdad absoluta. Sin embargo, tampoco me hubiera gustado estar en los zapatos del otro tipo, lo acepto.
Antes de que siguiera, le puse un dedo para sellarle los labios y le dije que mientras menos supiera de su novio, sería mejor.
Todo sucedió demasiado rápido porque cuando me di cuenta, unos amigos de Jenn ya estaban sentados en la mesa y brindábamos de vez en cuando aunque no sabía sus nombres.
Al salir del bar, Jenn, su hermana Beatriz y yo nos subimos a la camioneta de uno de sus amigos. Teresa y Armando me desearon suerte y se fueron a su hotel.
Yo estaba borracho y lo único que quería era dormir. Finalmente llegamos a la casa de la tía de Jenn y vi el alba por unos instantes.
—Jenn, quédate a dormir conmigo. No quiero acostarme solo. Quiero que me abraces hasta que me duerma, por favor —supliqué como un niño después de ver El Exorcista.
—No puedo, Totto. Le dije a mi tía que eras un primo lejano que venía a visitarme. No me va a creer si nos ve juntos. Mañana, cuando lleguemos al hotel que está en Rosarito, te prometo que te abrazo toda la noche.

Continuará...

La cita del mes:

"Si me preocupara por lo que le interesa a la gente, nunca escribiría nada",

Charles Bukowski.